Edipo Rey.

Yocasta:”…tú no sientas temor ante el matrimonio con tu madre, pues muchos son los mortales que antes se unieron a su madre en sueños. Aquél para quien esto nada supone, más fácilmente llena su vida”.

Sófocles, Edipo Rey (496 AC)

domingo, 17 de marzo de 2013

La profesora de secundaria


Llevaba algo más de un mes trabajando en el supermercado. Aquel día estaba cobrando en la caja cuando reconocí a Estefanía, mi profesora de historia en secundaria. Estaba colocando la compra en la cinta, un hombre la acompañaba. Al llegar a mi lado la saludé.

-       Señorita Fanny, hola. ¿Se acuerda de mí?
-       Carlos, ¿Cómo no me voy a acordar de ti? No sabía que trabajaras aquí.
-       Pues sí, llevo más de un mes trabajando aquí.
-       ¿Has dejado los estudios?
-       No me ha quedado más remedio, mi padre falleció y tuve que ponerme a trabajar. El sueldo de mi madre no llega para vivir los dos y apenas le ha quedado pensión.
-        No sabes cuánto lo siento.
-       Gracias.
-       Son 112 con 15.
El marido, que había estado callado durante toda la conversación, me entregó la tarjeta de crédito bruscamente.
-       Toma, cobra rapidito que tenemos prisa.
Estefanía le miró pero no le dijo nada, después me miró y bajó los ojos. El marido recogió la tarjeta y empujando el carro, empezó a andar hacía la salida.
-       Bueno,  Carlos, me alegra de haberte visto, aunque sea en estas circunstancias…
-       Yo también me alegro de haberla visto, señorita.
En ese momento el marido, que había seguido andando, se volvió y de malos modos dijo en voz alta.
-       ¿Vienes o no? No tenemos toda la tarde.
-       Ya voy, bueno me tengo que ir, hasta luego – me dijo con una sonrisa
-       Hasta luego
Los seguí con la mirada mientras salían de la tienda. A través del ventanal que había tras las cajas se podía ver el aparcamiento. Aquel tipo la iba gritando, ella intentaba responder pero él no atendía a razones. Se montaron en el coche y se fueron.
-       Hijo de p… - dije para mis adentros.
Durante unas cuantas semanas no la volví a ver, cuando lo hice venía ella sola.
-       Hola señorita.
-       Hola Carlos, - me dijo con una sonrisa de lado a lado.
-       Anda, deja de llamarme señorita, llámame Estefanía o Fanny, como prefieras
-       De acuerdo, Fanny.
-       Perdona que me meta ¿No piensas volver a los estudios?
-       No lo sé, a lo mejor algún día, pero de momento no puedo.
-       Lo siento, porque eres buen estudiante.
-       Qué le vamos a hacer.
-       Bueno, hasta luego.
Recogió la compra y se fue. Yo la seguí con la mirada. De vez en iba por la tienda y estaba el marido no hablábamos, pero si estaba ella sola sí que lo hacíamos. Una tarde, acabado ya mi turno me encontré con que ella salía de la tienda,
-       Hola Carlos, ¿ya has acabado el turno?
-       Sí, me voy a casa
-       ¿Quieres que te lleve?
-       No te molestes, me voy en el autobús.
-       No es molestia, te acerco.
-       Gracias. - Le ayudé a meter la compra en el coche.
La indiqué donde vivía, cuando íbamos por el centro de la ciudad, me dijo
-       Mira, vivo en este bloque, ¿Te apetece tomar algo?
-       No te molestes, tu marido…
-       Mi marido está de viaje con el camión. Hasta el sábado no vuelve.
-       Entonces vale.
Subimos la compra a su casa y me hizo sentar en el sofá.
-       ¿Qué quieres tomar?
-       Una cerveza, gracias.
-       Pues yo me tomaré otra.
Estuvimos charlando amigablemente, cuando había pasado una hora o así me dijo
-       ¿Te apetece cenar?
-       Gracias, pero creo que no debería quedarme más. No quiero ponerte en ningún compromiso con tu marido.
-       Olvídate de mi marido.
Mandé un SMS a mi madre para que no se preocupara, diciéndola que pasaría la velada con unos amigos. Estuvimos cenando y a la conclusión, la ayude a recoger todo.
-       Bueno, creo que debería irme.
Estefanía se acercó a mí y me sujetó la mano.
-       ¿Por qué no te quedas esta noche conmigo?
-       ¿Estás segura?
-       Si, o es que no quieres... – me acarició la cara.
-       Sí, sí – dije atropelladamente. El corazón me latía apresuradamente…
La seguí a su habitación, encendió la luz de la mesilla, se volvió hacia mí y nos besamos apasionadamente. Se desabrochó el vestido y éste cayó al suelo, quedándose en ropa interior, yo la  miraba extasiado, tenía una erección.  Se desabrochó el sujetador dejándome ver unos pechos pequeños pero firmes, después se quitó las braguitas, su pubis lo tenía muy cuidado. A  sus 45 años, seguía teniendo un cuerpo muy bello.
Ella se acercó a mí y empezó a desnudarme, conforme lo hacía me iba besando. Me quedé desnudo completamente, la polla completamente erecta apuntaba hacia ella. Sin mirarla, me la agarró con la mano y empezó a acariciarla. Nos tumbamos en la cama mientras nos comíamos a besos. Ella se abrió de piernas y cogiendo mi polla se la puso en la entrada de su coño y de un empujón la penetré. Dio un gemido, se agarró a mis brazos y sus piernas se cerraron sobre mí, inicié el bombeo, su miraba estaba fija en mí. Yo resoplaba por el esfuerzo mientras ella daba gemidos,
-       Ahhhhh, Ahhhhh, Siii, amor mío –
La penetraba hasta el fondo, frenéticamente, su respiración era cada vez más rápida hasta que cerró los ojos, dio un grito y se quedó inmóvil, jadeando. Yo seguí embistiéndola unos segundos más hasta que me corrí dentro de ella. Nos quedamos abrazados, con nuestros cuerpos cubiertos de sudor. Ambos jadeábamos mientras yo acariciaba sus pechos y le pechizcaba los pezones.
Agarró mi polla y empezó a meneármela para que se pusiera dura otra vez, me dio unos lametones. Cuando ya estaba completamente erecta, se puso encima de mí y con toda suavidad se la introdujo hasta el fondo. Inició un suave movimiento adelante y atrás, estuvo un rato así cambio el ritmo y empezó a cabalgar lentamente, yo la acariciaba el clítoris y con la otra mano acariciaba sus pechos. Aumentaba el ritmo durante unos momentos y después lo retardaba, alternativamente aumentaba y retardaba el ritmo, sus gemidos eran cada vez más continuos, ella llevaba el ritmo y tenía el control completo de la situación. Me miraba fijamente, de repente dio un alarido, arqueó su espalda y jadeando se quedó en esa postura.
Se descabalgó y se abrazó a mí mientras me acariciaba la polla, acercó su boca a mi polla y con la lengua empezó a juguetear con la punta. Se la introdujo completamente y comenzó a mamármela. A los pocos minutos me corrí inundando su boca, se lo tragó todo, me miró y se relamió los labios.
Permanecimos en silencio, abrazados.  
-       Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto, amor mío.
-       Tú sí que eres maravillosa. Ninguna mujer me ha hecho lo que tú, ha sido el mejor polvo que me han echado.
Los dos nos reímos y así abrazados nos dormimos, antes de amanecer, ella me despertó.
-       Cariño, anda levántate, tienes que irte. No quiero que ningún vecino te vea saliendo por la mañana.
-       De acuerdo. Oye ¿vamos a repetirlo?
-       Por supuesto, amor mío. Pero debemos tener cuidado.
-       Podemos encontrarnos en mi casa, mi madre trabaja por las tardes y estaríamos nosotros solos.
-       De acuerdo, así lo haremos.
Y así lo hacíamos, cuando su marido estaba de viaje, quedábamos en mi casa. Allí estábamos tranquilos, mi madre sospechaba que me veía con alguna chica de mi edad, pero nunca me decía nada. Por supuesto que si llega a sospechar o descubrir que era Estefanía se hubiera armado gorda en casa. El morbo que mi madre nos pillase hacía nuestra relación mas excitante.  Y una vez estuvo a punto de pillarnos, cuando estábamos en plena vorágine sexual, oímos cerrarse la puerta de la entrada, nos dio un vuelco al corazón. De un salto nos levantamos de la cama.
-       Carlos ¿estás en casa?  
-       Sí mamá, - entreabrí la puerta de mi habitación – no entres por favor.
-       Perdona, cariño. – y me sonrió- voy a cambiarme
Mientras tanto Estefanía se había vestido, cuando mi madre  se metió en su habitación, salimos corriendo hacia la puerta de la calle. Nos dimos un beso
-       Por poco, - la dije
-       Si, por un pelo – y se fue rápidamente.
Cuando salió mi madre de su habitación, me vino a dar un beso en la mejilla.
-       ¿Se ha ido?
-       Si, es muy vergonzosa.
-       Siento el susto que os he dado, cariño.
-       No pasa nada, mamá. – la dije, y esto ya lo pensé “ni te imaginas el susto que nos has dado”

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